HISTORIA DE UNA VOCACIÓN

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Así todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre, él os lo concederá. (Jn, 15, 16)

 

Las historias siguientes, escritas por nuestras hermanas, describen el trabajo de Dios en sus vidas, cómo Él reveló su plan divino y cómo ellas respondieron a su llamada. Cada historia es única, los elementos comunes pueden ser encontrados en el deseo de darse totalmente a Cristo y a su Iglesia.

Sor Gemma de la Trinidad

Testimonio

Mi vocación ha sido y sigue siendo un largo camino, al principio con un discernimiento de años, y ahora con un vivir recibiendo cada día de la providencia divina todo lo que la conduce y sacia.

Cuando tenía 9 años murió mi abuela y eso supuso un cambio muy importante en mi vida infantil. Esa mujercita que me trasmitía un testimonio vivo de fe me dejó con su marcha, como regalo, un despertar al sentido de la eternidad. Desde entonces, pensar en el cielo, valorar las cosas, las situaciones, incluso mi relación con las personas según el valor de eternidad se hicieron casi connaturales en mí. Y lo vivía con una gran alegría, como quien ha descubierto el gran secreto de la vida. Las cosas que veía que podían desaparecer de un momento a otro y para siempre, “por instinto” no me atraían.

No obstante esto alimenté muy pronto el deseo de casarme, tener hijos y “con todo el paquete” marchar a misiones atraída por el ideal de vivir una vida con sentido. Mis ideales iban en esa dirección pero todas mis limitadas posibilidades de conectar con el mundo misionero desde mi pueblo, eran todas desde una perspectiva de consagración. Recuerdo momentos de lucha interna entre optar por una consagración que me permitiera darme por entero al ideal misionero aprovechando las ocasiones que se me ofrecían o mantener mi idea de conseguirlo casada y con hijos. Me resultaba una lucha agotadora y dolorosa. Para mí era demasiado pedir la renuncia a un marido y unos hijos.

Con estas luchas, con mi sentido de eternidad y con un deseo de crecer en mi vida espiritual asistí por primera vez a una pascua en el noviciado de las Teresianas, en Tortosa. Aquellos días supusieron un cambio de 180º para mi vida, porque a través de los ratos largos de oración se hizo tremendamente presente ALGUIEN muy concreto y muy vivo: JESUCRISTO. Mi religión, de golpe, dejó de ser creencias e ideales, para pasar a ser un encuentro, una Persona, un sentirme tremendamente amada y buscada, y quien me buscaba me dio a entender en un momento fuerte de gracia que me quería toda para él. Este descubrirle como alguien tan personal hizo que desapareciera toda lucha a la hora de darle mi “Sí”. No solo no me costaba sino que sentía un gozo inmenso de poder decirle: “Sí, si tú me deseas yo ya no quiero marido; Sí, te regalo mi deseo de maternidad; Sí, dónde quieras, cómo quieras, cuándo quieras….” Pregunté allí mismo si había misiones en la congregación teresiana y dado que la respuesta fue afirmativa ya puse fecha para mi ingreso.

En los meses de espera una conocida ingresó en este convento de agustinas de Sant Mateu de clausura. ¡Qué barbaridad me parecía eso! Con 20 años y el trabajo que hay en el mundo… Si fuera una viuda o solterona vieja, aún… pero, con 20 años… Me interrogó mucho esta vida, qué sentido tenía, por qué un paso así… Y esa misma incógnita fue el anzuelo que el Señor me tiró, pues, por deseo de entender, leí la vida del Hermano Rafael, trapense, hoy ya santo. Ese libro marcó otro cambio de 180º porque fue tal la luz que el Señor me regaló a través de esa lectura que todo el valor de eternidad que llevaba en lo más mío, brotó con nueva fuerza, se me hizo mucho más consistente y con mayor valor de eternidad todo lo que a través de la oración y la opción total por Dios se “construye”. Pedí hacer una experiencia y a pesar de la fuerte oposición de mis padres pude conseguir pasar tres días en la clausura que fueron más que suficientes para confirmarme en mi opción. En la maleta de mi vida tenía dos cosas: una decisión clara y 18 años. La oposición de mis padres se hizo más fuerte y los problemas familiares que se juntaron hicieron que optase por aceptar su petición de esperar a cumplir los 20 años.

Esta espera de dos años fue la gran prueba de mi vocación. Seguí mis estudios y con ellos el cambio a la universidad y a la capital, fuera de casa. Aunque el sentido de Dios siempre había sido muy fuerte en mí, también, por temperamento, había sido siempre muy movida y festera. Vivir una vida más independiente facilitaba “la vida alegre” y aunque no dejé nunca mi tiempo de oración y la asistencia diaria a la eucaristía, a la hora de la verdad llevé una doble vida que hizo su mella. Para colmar la copa, yo que me creía inmunizada de enamorarme por tener clara mi vocación, terminé “chifladita” y correspondida. Se dio entonces una lucha “a muerte” entre dos voluntades bien claras: seguir la llamada de Dios que había discernido tan clara o interpretar también como posible voluntad de Dios este enamoramiento que no me exigía abandonar mi vida de fe… La fecha se acercaba y mi corazón estaba totalmente destrozado por la duda sobre cuál era la verdadera voluntad de Dios; el sentimiento fuerte por una parte y la incertidumbre por lo que a mi ingreso  podía encontrar por otra fueron algo duro de tragar. Una gracia de luz en días previos fue el empujón que me ayudó a dar el “Sí” inicial para el ingreso, aunque con muchas condiciones. Toda la lucha vivida no dejaba de pesar y la noche antes de ingresar llegué a tener 40º de fiebre. Mi interior era una auténtica revolución que se calmaba un poco pensando que, al ingresar, cumplía mi palabra dada a Dios, pero que si se me hacía evidente que no era mi camino (cosa que, con todo mi corazón, deseaba ocurriese) a los tres meses volvería a cruzar la puerta en dirección contraria.

Dios aprieta pero no ahoga, dice el refrán, y los tres meses pasaron, pero, para ese tiempo yo tenía pruebas más que evidentes de que la opción hecha era la acertada porque era la que él deseaba para mí. No sólo siguieron más meses sino más y más años, y la evidencia – no exenta de lucha- ha sido cada vez más clara, y el gozo por haberme fiado de Dios más grande. Ahora me doy cuenta hasta qué punto hubiera hecho desgraciado a quien logró hacer vibrar tanto mi corazón aquellos meses; le hubiera pedido ser Dios, porque le hubiera pedido lo que no podía darme. Aquella inicial sed de eternidad es viva aún ahora, pero bebo de la fuente que sacia hasta lo más hondo. ¡Soy feliz!  ¡¡¡Soy muy feliz!!! ¡Dios llena mi corazón a rebosar! Llevo ya 26 años y cada día deseo más, y Dios da más, y la promesa es de siempre más. Esa promesa que ninguna criatura puede cumplir pero que Dios rebosando lleva adelante.

Dios y una vida en Dios no quita los problemas (¡Aunque quita muchos!), pero sí da luz para entenderlos y fuerzas muy por encima de nuestras posibilidades para superarlos o llevarlos sabiendo que no son situaciones estériles sino que como nos dice san Pablo en todo interviene Dios para bien de los que le aman. Y también, Dios y una vida en Dios da mucha satisfacción, te hace realizarte más como persona en toda tu integridad, en toda tu totalidad. Por eso sigo en camino y no puedo más que utilizar las palabras de Carlos de Foucould: ¡Haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias! O las del salmista cuando se pregunta desbordado por la experiencia de Dios: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?…

Sor María Teresa de Jesús

Testimonio

Antes de todo empezaré presentándome, me llamo Mª Teresa Marzá Gellida, nací en Benicarló el 12 de enero de 1967. Doy gracias a Dios porque me llevó a nacer y crecer en el seno de una familia cristiana.

Desde pequeña mis padres me dieron a conocer a Dios y me enseñaron a amarle. Estaba bien integrada en la parroquia desde mis cuatro añitos, en que cada domingo acudía a misa y después teníamos el “rebañito”. Después vino la primera comunión y seguí en catequesis hasta la confirmación, luego me integré en  un grupo del Moviment de Joves Cristians de nuestra diócesis. Durante estos últimos años fui catequista de confirmación.

Llegaron los 18 años y marché a estudiar a Valencia, donde me licencié en biología. Fue cuando dejé el grupo de jóvenes cristianos al que pertenecía, tal vez fue la comodidad, pues del poco tiempo del fin de semana del que disponía para estar en casa, era demasiado darle dos horas al Señor los sábados por la tarde. Y como cuando la fe no se vive en comunidad se va debilitando, pues no llegue  a dejar del todo al Señor, pero le dedicaba muy poco tiempo, menos oración, menos sacramentos………… caí en picado hacía una vida volcada hacia  fuera, donde lo importante para mí era salir, disfrutar, divertirme, y dentro de mí se iba creando un vacío, que era el que yo no dejaba llenar a Dios.

Gracias que Dios permanece siempre y tiene para todo su momento……

Cinco años más tarde a través de mi madre conocí un grupo de oración de la Renovación Carismática Católica (R.C.C.). Descubrí que vivía vacía por dentro y que realmente necesitaba a Dios, necesitaba redescubrir su amor por mí, necesitaba que curara heridas, que limpiara mis pecados. En un retiro en Castellón, el Señor me hizo experimentar cuanto me amaba a pesar de que yo le había dejado a un lado en mi vida, el curó mi corazón, dejé de sentirme culpable  al sentir en  mi vida como actuaba su misericordia. Sentí que era una persona nueva, y lo más precioso que ha pasado en mi vida empecé a sentir más sed de El cada vez.

Necesitaba recibirle cada día a través de la Eucaristía, necesitaba estarme con El en oración. Comencé de nuevo a dar catequesis, todo me parecía poco, me metí en el voluntariado de prisiones de Caritas, pero El me pedía más, y me di cuenta que me pedía todo, que me quería toda para El. Y en este momento comenzó la batalla, pues me costó verlo claro. En mi interior no acababa de entregarme, pensé que tal vez era mi imaginación (esto era una excusa), la verdad era miedo a darle todo. Pero al final tuve que rendirme, Él pudo más.  “Me sedujiste Señor y me dejé seducir”.

A partir de ahí, me inundo una gran paz y alegría, pero llegó un segundo problema.

¿Dónde me quieres? ¿Qué vocación has soñado para mí?”. Y yo quería acertar, quería que se hiciese su voluntad y no la mía. Desde un principio mi duda estaba sólo entre la vida activa y la contemplativa.

La vida activa me era más conocida, y aunque en casa me decían que así podía sacar provecho a mis estudios, pensé que tenía que estar abierta a los planes de Dios en mi vida. ¿Por qué no conocer algo más sobre la vida contemplativa y una vez conocida elegir?

El Señor tiene sus caminos, y con mi madre y una servidora del grupo de oración fuimos una tarde a Sant Mateu, porque nos habían dicho que había allí unas monjas que ofrecían su iglesia para que se formase allí un grupo de oración. ¿Y qué ocurrió? pues que tan sólo salir de esa visita a las monjas tenía tal alegría dentro de mi corazón que esa noche no podía dormirme, y en la oración de los días siguientes intuí que aquel era el sitio donde el Señor me quería.

Empezamos allí el grupo de oración, al cabo de unos meses se disolvió pues la gente no perseveró, pero ¡Gloría al Señor!, tal vez fue un medio que el Señor usó para darme a conocer su voluntad.

En marzo de 1993 estuve cinco días con ellas, dentro de clausura, realizando una experiencia y realmente el Señor me confirmó que aquel era mi sitio, me sentí muy a gusto, como si toda mi vida hubiese estado allí. El 17 de octubre de 1993 ingresé en el monasterio como postulante. El 15 de octubre de 1994 comencé mi noviciado y me vistieron el hábito, y el 15 de octubre de 1995 hice mi primera profesión temporal, que renové durante tres años hasta el día 12 de octubre de 1998 en que me consagré a Dios mediante los votos solemnes de castidad pobreza y obediencia, para toda mi vida.

Supongo que os preguntareis: “¿y después de todos estos años en el convento eres feliz?  ¿Qué sentido tiene que una joven se encierre en un convento, cuando hay tanto que hacer en el mundo? ….. y muchas más cosas a las que me gustaría poder responderos.

Pues os digo que sí, que soy no sólo feliz, sino que soy muy, muy feliz. Porque aunque al principio cueste adaptarse a este tipo de  vida, a las costumbres del convento, aunque parece que renuncias a muchas cosas, es mucho mayor el gozo por lo que recibes, que  el que te pueden dar las cosas que dejas. Dios da el ciento por uno, para mí no hay mayor gozo que ser toda de Dios, vivir sólo para El. Él se ha convertido en mi Todo, en mi Centro, en mi Peso. Él llena toda mi vida, mi corazón, mis afectos y mis deseos.

En cuanto al sentido de una vida dedicada exclusivamente a la oración, creo sinceramente que sin oración nada podemos, que los misioneros, los sacerdotes, los religiosos no podrían ser lo que son, ni llevar a Cristo a los hermanos. Que todo en la iglesia depende de la  oración, de nuestra relación íntima con Dios, de la de cada uno de todos nosotros. Somos dentro de la  Iglesia su corazón, bombeamos la sangre, el oxígeno, que fluye por todo el cuerpo.

Estamos en el mundo sin ser del mundo, intercediendo por todos, por todos los miembros de la Iglesia, y por todos  los que están alejados de ella, o simplemente nadie se la ha dado a conocer. Intercedemos por todas las necesidades del mundo.

También me siento llamada a suplir todas las faltas de amor hacía Dios. Dios tiene sed del amor de sus hijos. A amar a Dios, a que el reciba mi amor y en él, el de todos aquellos que conociéndole  le han olvidado, le han puesto en un rincón, el de aquellos que le desprecian, el de aquellos para quien se ha vuelto indiferente, esto si debe dolerle a Dios, la indiferencia de sus hijos, y yo quiero compensar en su corazón esta falta de amor, amarle por todos aquellos que no le aman.

De verdad que vale la pena dar tu vida a Dios, para que El la utilice como quiera.

 

A todos os coloco en el corazón de Dios, que El os bendiga.

Sor Mª Victorinah de San Agustín

Testimonio

¡Yo sé que Dios me ha llevado siempre con dulzura!

 

Queridos hermanos en Cristo, con mucha alegría quiero compartir con vosotros algo de la historia de mi vocación.

Soy de África (Kenia) y nací en una familia católica y practicante que alimentó mi fe con la oración, la doctrina que ella recibió de la Iglesia, con moral y ejemplos sanos. ¡Bendito sea Dios! 

Yo sentí la llamada de seguir a Jesús en la vocación religiosa desde mi niñez y cuando respondí a esta llamada toda mi familia se alegró mucho conmigo. Bueno, esto fue la primera llamada y todo lo tenía mi Dios en sus manos.

Tuve la luz de venir a España y trabajé para poder venir. Cuando terminé mis estudios de Catering (estudios superiores de alimentación y servicio de la comida) increíblemente todo fue fácil y sin complicaciones para venir. Así, para mí, esto fue una señal de que era este el camino, la ruta que Dios quería para mí.

Reflexionando todo lo experimentado con a mi vocación, veo como de forma sorprendente cuando tenía billete preparado me salió un buen trabajo. ¡Madre mía! Esto fue una prueba que Dios me puso. Le pedí al Señor la gracia y la luz del Espíritu Santo para poder discernir y elegir lo que era su voluntad. Y hoy no me arrepiento de la decisión que tomé. Así pues, reflexionando profundamente sobre la llamada del Señor a Abrahán, nuestro padre en la fe, cuando el Señor le dijo: “Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré” (Gn 12, 1-3) Veo que Abraham era un anciano para dejar su tierra y su familia, tanta gente a la que le tenía afecto; ir a un nuevo lugar era muy duro y difícil, pero él abandonó todo en las manos de Dios y por su fe que fue muy fuerte y su confianza en Dios, se hizo todo posible. 

Yo también dejé a mi familia y mi tierra para responder a la llamada de Dios. No tenía parientes ni conocidos en España, pero me fié del Señor y di el paso de venir y con el profeta dije: “Me has seducido Yahvé y me dejé seducir” (Jr 20, 7).

A ti hermano, a ti hermana, ¿te cuesta tomar decisiones en la vida? En el mundo de hoy hay muchos ruidos y nos hablan muchas voces; para poder conocer la voluntad de Dios en tu vida es necesario retirarte. Así escucharás cuando el Señor te hable y te diga su voluntad. También hay que escuchar y obedecer al Espíritu Santo. Entonces, por los frutos, sin palabras, conocerás si es la voluntad de Dios o tu propia voluntad. Te invito a dedicar tiempo al Señor y verás sus maravillas en tu vida. Te ama, te quiere y siempre te espera. 

Y si me preguntáis cómo llegué a España y al monasterio de Santa Ana, esto, hermanos, es una pura obra de la divina providencia de Dios. Fue “cuando el Señor cambió la suerte de Sión (¡Suerte de Victorinah!) que nos parecía soñar (Sal 125) Esto fue un misterio, un milagro que siempre está vivo y nuevo en mí. Sí, hermanos, ¡Yo sé que Dios me ha llevado siempre con dulzura! Aunque mi familia de sangre está tan lejos, Dios me ha regalado una familia en la fe en Cristo fundada en el amor de Dios que no excluye a nadie. Me siento muy acogida, contenta, en mi casa y animada a seguir adelante en esta búsqueda de mi Señor.

Estoy experimentando el gran amor de Dios y de mi comunidad que siempre está caminando conmigo, enseñándome muchas cosas de palabra y obra y digo: ¡Verdaderamente yo vivo en la increíble y deliciosa compañía de mi Dios! Dios me ha enseñado mucho con este misterio de mi vocación. He aprendido a abandonar mi vida siempre en sus manos, he notado crecer mi la fe, la importancia de la paciencia, la perseverancia y la fuerza de la oración constante. 

Es verdad que cada vocación en la Iglesia tiene sus momentos de consolación y también tiene sus momentos de desolación. ¡Gracias a Dios que nos da siempre la fuerza para superarlos y seguir adelante!

El misterio de mi vocación me ha hecho comprender que mis dudas, miedos, cuando todo parece oscuro, en mi alegría y dolor, cuando no entiendo el por qué y para qué, veo que no estoy caminando sola, que Dios cuida de mí y me dice: “¡Ánimo, no temas, que no me he equivocado contigo!” ¡Qué consolación!

El Señor me amó primero, me llamó. Él tiene un proyecto especial, una misión para mi vida. “Y porque el que me llama es fiel” yo camino con esperanza, confiando en que “el Señor completará sus favores conmigo” (Sal 138,8) y también veo el valor que tiene mi vida y vocación, como dice el profeta: “Dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo” (Is 43,4)

Doy gracias a Dios dador de la vida y la vocación, le doy gracias por el don de la vida común, por mis hermanas. Diariamente en nuestra debilidad y diversidad, por la gracia de Dios, guiadas por el Espíritu Santo, en esta búsqueda de Dios procuramos vivir el “tener una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios” como nos manda nuestro padre san Agustín en la regla (1,3).

Sí, experimentamos la dulzura de la vida y lo que hace esta convivencia posible es el amor de Dios que es el núcleo. Según el consejo del apóstol san Pablo (1Co13, 4-13). En el amor está el secreto de vivir una vida feliz, una vida con sentido profundo. Es por eso que nuestro padre san Agustín dice: “¡Ama y haz lo que quieras!” Nuestra diferencia es una riqueza, un esfuerzo para la vida común. Y también sé que “¡Yo soy porque somos y porque somos yo soy!”

Lo tengo claro, la alegría, la paz y toda la bondad que experimento hoy no vienen de mi fuerza humana sino por la gracia y el amor infinito de mi Dios. “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (San Agustín. Conf. I, 1,1)  

Bendito sea Dios que me ha llamado y nos ha llamado a formar parte de la Iglesia, el Cristo Total y de la Orden. Vamos a mantener la intimidad con la Santísima Trinidad para que el Señor nos encuentre con las lámparas encendidas. Así pues, con el salmista digo: “El Señor es mi fuerza y mi escudo, en él confía mi corazón. Me socorrió y mi corazón exulta y le canta agradecido” (Sal. 28,7)

Muchas gracias a mi madre, hermanos, parientes, profesores y formadores, por mis hermanas las monjas, por toda vuestra ayuda material y espiritual, toda palabra y ejemplo vuestro que me anima a seguir adelante en este camino de búsqueda del Señor, nuestro TESORO como religiosa contemplativa agustina, para que ¡En todo y por todo Dios sea alabado y glorificado!

“Sostenme, Señor, según tu promesa y viviré, no defraudes mi esperanza” (Sal. 118, 116) ¡¡Amén!!

Sor Raquel de los Ángeles

Testimonio

¿Qué por qué quiero ser monja?… 

Muchos me lo preguntáis, así que escribo estas letras para compartir con todos lo que Dios ha hecho y está haciendo en mi vida.

Hace medio año tomé la decisión de entrar como postulante (aspirante a monja) en un monasterio de clausura (el de las agustinas, en Sant Mateu). Esto suena surrealista si miramos la sociedad actual y la vida que hasta mi entrada en el convento he llevado.

Quien no me conoce puede pensar que soy una beata, una santita… ¡Ojalá! Pero quien me conoce un poquito sabe de sobra que no es así. De niña fui siempre muy introvertida, pensando que era el patito feo, poco estudiosa, gordita, con granitos,… ¡Vamos: poco vistosa! Y esto creó en mi niñez una gran sensación de vacío afectivo. Cuando crecí y empecé a ser “más vistosita” creí entender que esto era lo importante: llamar la atención, ser sociable, simpática, amable,… ¡Todo fachada! Caí en el peligro de preocuparme tanto de lo de fuera que descuidé lo de dentro, todos los dones que Dios me había regalado los estaba aprovechando para llenar mi yo afectivo en lugar de compartirlos con los hermanos. ¡Cuán ignorante fui!

En mi adolescencia me comporté como un pavo real: presumiendo de mis plumas. Pero, como al susodicho, cuando está bien hinchado, resulta que le despellejan, le cortan a trocitos, le guisan y sirve de alimento a unos comensales, esto mismo hice yo conmigo. Sin embargo hay algo que ningún mortal puede matar y es la conciencia; esta gritaba en mi interior día y noche, sabía que la belleza exterior, el dinero, la fiesta, el trabajo, los amigos de juergas, todo esto pasa, llevándose cada cual un trozo de mi; y llega un momento que te paras, miras a tu alrededor y ves que no te queda nada.

Yo tuve la gran suerte de seguir teniendo una familia a mi lado, aunque muchas veces no lo merecía; de tener amigos de verdad y gente que me quería bien; y sobre todo pude contar con el apoyo de la Madre Iglesia, sí, esa que miramos tan mal y hemos injuriado tanto. Ella es la que me ayudó a reconstruir mi interior, a poner valores en mi vida y entender que la culpa de lo que a mí me pasaba no la tenían los demás, eran mis elecciones las que me han llevado a momentos desesperanzadores en los que todo me daba igual, vivir que morir ¿qué importaba?… Fue la Iglesia la que dio sentido a mi vida por medio de Dios y ha sido la Virgen la que ha llevado mi vocación en todo momento. Si por mí fuera seguiría malviviendo por ahí, vendiéndome a cualquier precio por un poco de cariño y matándome a trabajar por un poquito más de dinero con el que sólo compraba los lujos para el cuerpo, destruyendo el alma. Es del alma de quien nos debemos preocupar, pues ya se encargará el que vive dentro de tener la fachada arreglada.

Cuando tienes acontecimientos en que te hallas entre la vida y la muerte (lo que me ocurrió con mis dos accidentes de coche en poco tiempo) te planteas preguntas existenciales: ¿qué hay detrás de la muerte?… ¿En qué estoy gastando la vida?…  En el único sitio donde encontré respuesta convincente a estos enigmas fue en la Iglesia, y no se trata de creerlo o no, se apoya en la evidencia de que la vida avanza, bien hacia donde yo y mi destino quiere (pues no sólo depende de mí) o bien la pongo en manos de Dios y me fío de lo que él dispone; esto a primera vista parece más loco, pero os confirmo que da más plenitud y seguridad responder a su llamada. Nunca te obliga a nada y si te dejas guiar,… ¿dónde te va a llevar tu Padre, que te quiere, te conoce, es creador y poseedor del mundo entero? Por supuesto al sitio más adecuado para ti, en el que llegues a ser más feliz.

¡Es lo que hoy por hoy, con satisfacción estoy experimentando y os comparto!

Sor María del Corazón de Jesús

Testimonio

A la pregunta que me han hecho y me hacen sobre cómo he llegado hasta aquí, o por qué hice la experiencia en este monasterio de agustinas contemplativas en san Mateu, podría contestar  que desde joven había sentido inquietudes en algunos momentos de mi vida e incluso he dicho muchas veces que si el Señor me llamaba a ser monja le diría que sí, aunque realmente nunca me planteé en serio ni hacer una experiencia en algún monasterio ni menos que finalmente estaría dando testimonio desde esta realidad, pues me atraía mucho más la vida del matrimonio cristiano. Con el paso del tiempo he ido descubriendo que es Dios quien llena mi vida, pues los momentos más auténticos y felices de todos los vividos han sido aquellos en los que he experimentado cuánto me quiere. Sin embargo, seguía haciendo mis planes sin terminar de darle las riendas de mi vida. Este verano, al conocer que mi nueva plaza definitiva como maestra estaría ya muy cerca de Valencia (en Cheste) pensé en que había llegado el momento oportuno para comprarme un piso en Valencia. En medio de mis días de búsqueda y visitas de pisos leí una Palabra del Evangelio que me llegó al corazón y me movió a dejarlo todo e ir a encontrarme con Dios. Llamé a las hermanas del monasterio de Santa Ana para preguntarles si podía ir unos días allí de retiro y así empezó todo. Primero pasé una semana de retiro en la hospedería del monasterio; al seguir con dudas y resurgir en mi interior la inquietud vocacional las hermanas me propusieron hacer una experiencia dentro del monasterio.

 El tiempo de la experiencia duró un mes (el mes de agosto que aún estaba de vacaciones). Fue corto pero muy intenso, experimenté una gran lucha en mi interior  pues se enfrentaban cara a cara la tendencia de la carne, con todas sus apetencias, proyectos y apegos de todo tipo, contra la tendencia del espíritu, que me susurraba que confiara en Dios y me dejara en sus manos. Qué duro el combate!, qué difícil es desprenderse del ego que intenta dominarnos, “haz lo que te apetezca, lo que tú quieras, pues eres libre!” te grita con soberbia intentando engañarte, pero haciendo lo que me apetece en cada momento no soy libre sino esclava de mis instintos y por supuesto seguirlos no me hace feliz  sino que me lleva a una profunda frustración, pues nada, por mucho que busque, que compre, que haga, nada puede satisfacer mi sed de eternidad. “Sólo Dios basta”. ¡Qué gran Verdad!, sólo ÉL puede saciarnos completamente y desbordarnos de felicidad. Siento que ahora voy abriendo los ojos, me voy dando cuenta de que lo que realmente quiero, (lo que todos queremos), es ser amada, sentirme querida y corresponder con mi amor, es un deseo que late fuerte en nuestro interior; me di cuenta de que cometía un gran error al querer dar respuesta a esta necesidad inherente al ser con cosas materiales, con mil y una actividades, proyectos, incluso con afectos. El amor humano tampoco es suficiente por sí sólo, Sólo Dios puede verdaderamente completarnos, apaciguar nuestro ser y darle sentido pleno a nuestra existencia. Cuántas cosas podemos tener en la vida y qué vacíos podemos sentirnos, pues ¿qué es la vida sin la Vida, sin el amor de Dios?, con Él todo cobra sentido, alegría, cuando experimento el Amor que Dios me tiene experimento lo que soy en verdad (Hija querida de Dios) y puedo ver también a  los demás como mis hermanos,  y puedo amarlos sinceramente y sentir una gran felicidad.

Con esta bonita experiencia del Amor de Dios fui comprendiendo que no necesitaría seguir buscando más, pues iba buscándole a Él, su Amor y su voluntad y lo había encontrado en este monasterio, en la oración, en el día a día, en la convivencia con las hermanas que tanto cariño y paz me transmitían. En ese mes puede vivir y conocer más lo que es la vida consagrada a Dios y a los hermanos. La sencillez de esta vida me impresionaba al principio, pero tras el silencio, la soledad, la oración, los sacramentos, las hermanas…sin duda está el Tesoro que buscaba, el Amor de Dios. Sólo me quedaba confiar y arriesgarme a lo que presentía que el Señor me pedía; si su voluntad era que dejara mi vida anterior para que comenzara una vida nueva aquí con ÉL y con las hermanas lo haría, pues bien sé que nadie me ama como Dios y que todo lo conduce para mi bien y mi felicidad plena. Así pues, al terminar la experiencia tenía muy claro que quería seguir la voluntad de Dios  fuera lo que fuera, pero mi egoísmo ponía freno a ese seguimiento tan incondicional y mi mente se aferraba a recuerdos y planes de futuro intentando convencerme de que otros caminos posibles también me harían feliz. Con las dudas empezó el mes de septiembre y mi vuelta a la vida anterior (trabajo, actividades, proyectos…) y de nuevo en medio de esa vida vi más claro que ese no era mi camino, las palabras: “Sígueme!” (Mc 10, 17‑22), “donde esté tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt. 6, 19-23), “Yo Soy tu tesoro” resonaban en mi interior y me daban las fuerzas que necesitaba para tomar la decisión firme de dar el paso, dejarlo todo nuevamente y volver al monasterio de San Mateu donde me esperaban felices El Señor y las hermanas.

Sor Belén del Resucitado

Testimonio

Sor Fátima de la Divina Misericordia

Testimonio

Mi nombre religioso es sor Fátima de la Divina Misericordia. Nací en una familia de una fe muy tradicional. Aunque desde muy pequeña me gustaba hacer oración y sentía la necesidad de acudir a la Eucaristía diariamente, nunca pasó por mi mente ser monja. Era algo que no entraba en mis planes.

En mi adolescencia mi relación con el Señor se fue enfriando, me fui apartando de Él hasta que abandoné la oración por completo. Pasé por una crisis de fe y valores, no encontraba sentido a mi vida, estaba vacía por dentro. Así pasé gran parte de mi juventud. Dios no obliga a nadie a aceptar su Amor, sino que nosotros mismos elegimos. Pero el Señor seguía amándome y esperando la ocasión de que yo le abriera de nuevo las puertas de mi corazón.

 El primer toque de gracia fue al ver el documental religioso La Última Cima con el cual sentí un fuerte deseo de conversión. Por medio de mi madre conocí la renovación carismática. Aquel día marcó definitivamente un antes y un después. Al invocar por primera vez al Espíritu  Santo, me inundó tantísima paz que llenaba completamente todo mi ser. El Señor estaba transformando mi corazón de piedra. En este tiempo jugó en mi un papel importante la oración. Hacía oración y cada día necesitaba más, sentía una llamada a estar, a vivir, a profundizar en la oración. Cómo? No la acababa de intuir pero la oración me llenaba y renovaba mis fuerzas.

 Comencé a ir a diario a misa y acudí a la confesión general. Este día fue el día de la Divina Misericordia y no fue precisamente porque yo esperara esta fecha para confesarme, fue la Providencia Divina que marcó en día tan señalado el fin de una vida sin rumbo para empezar una nueva vida de bendición, alegría y paz que sólo y únicamente Dios puede dar.

 Pedí dirección espiritual a un sacerdote de la renovación que me ayudó a conocer la fe y vivirla.

Pasado un tiempo un día arrodillada delante del cuadro de la Divina Misericordia sentí un inmenso amor de Dios hacía mí y seguridad de que el Señor me pedía más de lo que le estaba dando. En mi interior, en este instante resonaba un “sí ” con mucha fuerza, aunque a la vez sentí pánico y miedo de lo que aquello podría significar.¿ Cómo Dios me puede llamar a mi ? Cómo puede quererme así, tan pobre y pecadora ?

Es que Dios tiene que estar completamente loco! Si, ¡ lo está! Pero totalmente loco de Amor por cada uno de nosotros y especialmente por los pecadores.

 El culmen de todo fue la peregrinación al santuario de la Virgen de Fátima, donde recibí la respuesta clara de que el Señor me estaba llamando a una vida de entrega mayor y a vivir sólo para Él. Volví con la convicción de sentirme invitada por una predilección amorosa de Dios.

 Ayudada por mi director, confiándole mis anhelos de pertenecer enteramente a Dios, me llevó a conocer el monasterio de monjas agustinas de San Mateo. Ahora cuando ya me encuentro integrada en este estilo de vida, sigo cada día más enamorada de Dios y de mi vocación de monja agustina.

 Mi pasado y mi futuro quedan en el Corazón Misericordioso de Jesús y bajo la llama de Amor del Corazón Inmaculado de María.

 Estoy convencida de que si muchos jóvenes de hoy comprendiesen la vida que se vive en los monasterios de vida contemplativa se mostrarían inquietos por vivirla. “Señor, que bueno es estar aquí”  (Mt 17,4)