Agustinas Contemplativas

Historia de una vocación

Sor Gemma de la Trinidad

Mi vocación ha sido y sigue siendo un largo camino, al principio con un discernimiento de años, y ahora con un vivir recibiendo cada día de la providencia divina todo lo que la conduce y sacia.

Cuando tenía 9 años murió mi abuela y eso supuso un cambio muy importante en mi vida infantil. Esa mujercita que me trasmitía un testimonio vivo de fe me dejó con su marcha, como regalo, un despertar al sentido de la eternidad. Desde entonces, pensar en el cielo, valorar las cosas, las situaciones, incluso mi relación con las personas según el valor de eternidad se hicieron casi connaturales en mí. Y lo vivía con una gran alegría, como quien ha descubierto el gran secreto de la vida. Las cosas que veía que podían desaparecer de un momento a otro y para siempre, "por instinto" no me atraían.

No obstante esto alimenté muy pronto el deseo de casarme, tener hijos y “con todo el paquete” marchar a misiones atraída por el ideal de vivir una vida con sentido. Mis ideales iban en esa dirección pero todas mis limitadas posibilidades de conectar con el mundo misionero desde mi pueblo, eran todas desde una perspectiva de consagración. Recuerdo momentos de lucha interna entre optar por una consagración que me permitiera darme por entero al ideal misionero aprovechando las ocasiones que se me ofrecían o mantener mi idea de conseguirlo casada y con hijos. Me resultaba una lucha agotadora y dolorosa. Para mí era demasiado pedir la renuncia a un marido y unos hijos.

Con estas luchas, con mi sentido de eternidad y con un deseo de crecer en mi vida espiritual asistí por primera vez a una pascua en el noviciado de las Teresianas, en Tortosa. Aquellos días supusieron un cambio de 180º para mi vida, porque a través de los ratos largos de oración se hizo tremendamente presente ALGUIEN muy concreto y muy vivo: JESUCRISTO. Mi religión, de golpe, dejó de ser creencias e ideales, para pasar a ser un encuentro, una Persona, un sentirme tremendamente amada y buscada, y quien me buscaba me dio a entender en un momento fuerte de gracia que me quería toda para él. Este descubrirle como alguien tan personal hizo que desapareciera toda lucha a la hora de darle mi “Sí”. No solo no me costaba sino que sentía un gozo inmenso de poder decirle: “Sí, si tú me deseas yo ya no quiero marido; Sí, te regalo mi deseo de maternidad; Sí, dónde quieras, cómo quieras, cuándo quieras….” Pregunté allí mismo si había misiones en la congregación teresiana y dado que la respuesta fue afirmativa ya puse fecha para mi ingreso.

En los meses de espera una conocida ingresó en este convento de agustinas de Sant Mateu de clausura. ¡Qué barbaridad me parecía eso! Con 20 años y el trabajo que hay en el mundo... Si fuera una viuda o solterona vieja, aún… pero, con 20 años… Me interrogó mucho esta vida, qué sentido tenía, por qué un paso así… Y esa misma incógnita fue el anzuelo que el Señor me tiró, pues, por deseo de entender, leí la vida del Hermano Rafael, trapense, hoy ya santo. Ese libro marcó otro cambio de 180º porque fue tal la luz que el Señor me regaló a través de esa lectura que todo el valor de eternidad que llevaba en lo más mío, brotó con nueva fuerza, se me hizo mucho más consistente y con mayor valor de eternidad todo lo que a través de la oración y la opción total por Dios se “construye”. Pedí hacer una experiencia y a pesar de la fuerte oposición de mis padres pude conseguir pasar tres días en la clausura que fueron más que suficientes para confirmarme en mi opción. En la maleta de mi vida tenía dos cosas: una decisión clara y 18 años. La oposición de mis padres se hizo más fuerte y los problemas familiares que se juntaron hicieron que optase por aceptar su petición de esperar a cumplir los 20 años.

Esta espera de dos años fue la gran prueba de mi vocación. Seguí mis estudios y con ellos el cambio a la universidad y a la capital, fuera de casa. Aunque el sentido de Dios siempre había sido muy fuerte en mí, también, por temperamento, había sido siempre muy movida y festera. Vivir una vida más independiente facilitaba “la vida alegre” y aunque no dejé nunca mi tiempo de oración y la asistencia diaria a la eucaristía, a la hora de la verdad llevé una doble vida que hizo su mella. Para colmar la copa, yo que me creía inmunizada de enamorarme por tener clara mi vocación, terminé “chifladita” y correspondida. Se dio entonces una lucha “a muerte” entre dos voluntades bien claras: seguir la llamada de Dios que había discernido tan clara o interpretar también como posible voluntad de Dios este enamoramiento que no me exigía abandonar mi vida de fe… La fecha se acercaba y mi corazón estaba totalmente destrozado por la duda sobre cuál era la verdadera voluntad de Dios; el sentimiento fuerte por una parte y la incertidumbre por lo que a mi ingreso podía encontrar por otra fueron algo duro de tragar. Una gracia de luz en días previos fue el empujón que me ayudó a dar el “Sí” inicial para el ingreso, aunque con muchas condiciones. Toda la lucha vivida no dejaba de pesar y la noche antes de ingresar llegué a tener 40º de fiebre. Mi interior era una auténtica revolución que se calmaba un poco pensando que, al ingresar, cumplía mi palabra dada a Dios, pero que si se me hacía evidente que no era mi camino (cosa que, con todo mi corazón, deseaba ocurriese) a los tres meses volvería a cruzar la puerta en dirección contraria.

Dios aprieta pero no ahoga, dice el refrán, y los tres meses pasaron, pero, para ese tiempo yo tenía pruebas más que evidentes de que la opción hecha era la acertada porque era la que él deseaba para mí. No sólo siguieron más meses sino más y más años, y la evidencia – no exenta de lucha- ha sido cada vez más clara, y el gozo por haberme fiado de Dios más grande. Ahora me doy cuenta hasta qué punto hubiera hecho desgraciado a quien logró hacer vibrar tanto mi corazón aquellos meses; le hubiera pedido ser Dios, porque le hubiera pedido lo que no podía darme. Aquella inicial sed de eternidad es viva aún ahora, pero bebo de la fuente que sacia hasta lo más hondo. ¡Soy feliz! ¡¡¡Soy muy feliz!!! ¡Dios llena mi corazón a rebosar! Llevo ya 26 años y cada día deseo más, y Dios da más, y la promesa es de siempre más. Esa promesa que ninguna criatura puede cumplir pero que Dios rebosando lleva adelante.

Dios y una vida en Dios no quita los problemas (¡Aunque quita muchos!), pero sí da luz para entenderlos y fuerzas muy por encima de nuestras posibilidades para superarlos o llevarlos sabiendo que no son situaciones estériles sino que como nos dice san Pablo en todo interviene Dios para bien de los que le aman. Y también, Dios y una vida en Dios da mucha satisfacción, te hace realizarte más como persona en toda tu integridad, en toda tu totalidad. Por eso sigo en camino y no puedo más que utilizar las palabras de Carlos de Foucould: ¡Haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias! O las del salmista cuando se pregunta desbordado por la experiencia de Dios: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?...